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MALAVA

Qué cambia en tu cuerpo a lo largo del ciclo menstrual.

 

Existen situaciones que se repiten y oigo mucho en la consulta.

Hay días en los que la energía es estable, la cabeza está clara y el cuerpo responde con normalidad. Y otros en los que, sin cambios aparentes en los hábitos, la sensación es distinta: cuesta más sostener el ritmo, la recuperación es más lenta y aparece una mayor necesidad de parar.

La interpretación habitual suele ser sencilla: falta de descanso, más carga o incluso falta de constancia. Sin embargo, en muchas mujeres esta variabilidad no es aleatoria. Forma parte de la fisiología del ciclo menstrual.

El ciclo no es solo un proceso reproductivo. Es un sistema de regulación que implica cambios coordinados a nivel hormonal, metabólico y neurológico, y que condiciona la forma en la que el organismo utiliza y distribuye la energía.

Durante la fase folicular, que comienza con la menstruación, los niveles de estrógenos aumentan de forma progresiva. Este incremento se asocia a una mayor sensibilidad a la insulina, una utilización más eficiente de la glucosa y, en términos generales, una mayor estabilidad energética. A nivel del sistema nervioso, suele acompañarse de una mejor capacidad de concentración y una mayor tolerancia a la carga.

Tras la ovulación, se inicia la fase lútea, caracterizada por el predominio de la progesterona. Este cambio hormonal no es neutro. La progesterona tiene efectos sobre el sistema nervioso central —con un perfil más modulador— y se asocia a un aumento ligero de la temperatura basal y a una mayor demanda metabólica. En paralelo, puede disminuir la sensibilidad a la insulina, lo que condiciona la forma en la que el organismo gestiona la glucosa.

En ese contexto, es frecuente que la energía sea menos estable, que la respuesta al estrés sea más sensible o que la necesidad de descanso aumente.

No es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando en un contexto distinto.

El problema aparece cuando se interpreta esta variabilidad como algo que hay que corregir o como una falta de rendimiento individual. El modelo con el que solemos operar asume una energía lineal y constante, pero el cuerpo femenino no funciona así.

Esto no significa que todo deba normalizarse sin más. Hay situaciones en las que estas variaciones se intensifican —síndrome premenstrual, dolor, alteraciones del ciclo— y requieren una valoración más específica. Pero incluso en esos casos, la base sigue siendo la misma: entender desde qué estado está funcionando el organismo.

De hecho, parte de los cambios que muchas mujeres notan en determinadas fases del ciclo también se relacionan con cómo se regula la glucosa y con la interacción entre sistema nervioso y metabolismo. No es solo lo que se come. Es el contexto en el que el cuerpo está funcionando en ese momento.

Cuando esto no se tiene en cuenta, es fácil interpretar estos cambios como falta de energía o de disciplina. Cuando se entiende, cambia la forma de abordarlo.

Deja de tener sentido exigir siempre el mismo rendimiento y empieza a tenerlo ajustar el ritmo a la capacidad real del organismo en cada fase.

No como una forma de limitarse, sino como una forma de trabajar a favor de la fisiología.

Porque en el cuerpo femenino la energía no es constante.

Es dinámica.

Y entender eso no es una concesión. Es empezar a mirar el cuerpo desde otro lugar.